miércoles, 9 de mayo de 2012

Carta de un soldado.


Caminando por el bosque, entre la hierba mojada.
Una carta ensangrentada, de cuarenta años hacía.
Era de un paracaidista, de la 8ª compañía
que a su madre le escribía, y en la carta así decía:

“Madre anoche en la trinchera,
entre el fuego y la metralla
vi al enemigo correr.
La noche estaba oscura.
Apunté con mi fusil,
al tiempo que disparaba,
y una luz iluminó
el rostro que yo mataba.
Clavó su mirada en mí
con los ojos ya vacíos.
Madre, ¿sabes a quién maté?
No era un soldado enemigo.
Era mi amigo José,
compañero de la escuela,
con quién tanto jugué
a soldados y trincheras.
Hoy el juego era verdad
y a mi amigo ya lo entierran.
Madre yo quiero morir,
ya estoy harto de esta guerra.
Madre si vuelvo a escribir,
tal vez sea desde el cielo,
donde encontraré a José
y jugaremos de nuevo.”

Dos claveles en el agua, no se pueden separar.
Dos amigos que se quieren, no se pueden olvidar.
Si mi cuerpo fuera pluma y mi corazón tintero,
con la sangre de mis venas, te escribiría un
“TE QUIERO”.

Angkor Vat.

Angkor Vat.
Mi sopa primitiva.