viernes, 12 de octubre de 2012

La eterna canción.

Seis minutos. Sólo seis minutos.
Pero, para mí, los más largos del mundo. Seis minutos eternos de música que nunca acababa, pero no eran largos por pesados, ni por aburridos, simplemente eran largos por complejos, por plenos.

Fueron seis minutos largos porque cada segundo de esos muchos era una baraúnta de notas que encajaban a la perfección en mi cuerpo. No sólo en mi cabeza, si no también en mis brazos, en mis piernas y hasta en los dedos de mis manos y pies.
Encajaban perfectamente hasta en los cientos de pelos y milímetros de mi piel que se retorcieron de placer al sentir el enorme escalofrío que bajó por mi espalda como un poderoso abrazo que me dejó paralizado y estremeciéndome en  mi sitio.

Cada segundo guardaba en su seno una pasión  y un secreto, como una cajita de música escondida en el cajón de la habitación de un niño...

Cada segundo era la madre de todos los segundos, y merecedores de este nombre, se me hicieron eternos y apasionantes.

Al terminar, no pude más que darle vueltas en mi cerebro, pues allí continuaba la serenata, como el eco de la presencia de un poderoso dios de la antiguedad, de los de las leyendas. Allí permaneció, esa intuición de plena satisfacción, de comunión con la realidad y con la mismísima existencia, con la tremenda sensación de haber nacido para esto, de que mi deber era morir en ese instante y permitir que la marca que había dejado en mí me consumiese al completo y tomase forma como mi nuevo yo, ahogarme en ese mar de sentimientos y sentidos.




Me levanté y cerré la boca, que había permanecido abierta durante todo el concierto, mientras me dirigía hacia fuera, a la par que me lamentaba para mis adentros, pues el silencio había asesinado brutalmente lo más hermoso que nunca había visto y oído jamás. Al salir y encenderme un cigarro me inundó una profunda ola de felicidad y calor que erizó  todo el vello de mi nuca, pues  me había percatado de lo obvio. Allí seguía, ese ritmo, esa hermosa entonación, en mi alma, grabada a fuego y hielo, por siempre jamás.

1 comentario:

  1. Cuantas veces me habré sentido así!! :) y qué maravilla...

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Angkor Vat.

Angkor Vat.
Mi sopa primitiva.